14/10/04

En llegando lo esperado

Tus cabellos extendiéndose como negras telarañas abismales.
Tus brazos recogiéndose como dormidas serpientes espectantes.
Tus ojos, devorando a otros ojos.
Tu cuerpo, cerrado, pero abierto a sensaciones esperadas.

Unos dedos acercándose a lo conocido, ahora desconocido.

No, ahora, no: mi fatiga es demasiado...

Unas manos alejándose heridas, sin saber aún por qué;
huyendo hacia otro lugar al sentir tan largo impacto.
Sangre sin sangre cayendo en cataratas.
Fugaces relinchos de angustia que te golpean una y otra vez
como incrédulos pensamientos que te llenan de vacío.
No me digas nada,
No me digas nada,
prefiero que tu voz se acalle
antes que oscuras se tornen tus palabras.
No sé por qué; no sé por qué.
Quizás yo, aún sabiéndolo, no estaba preparado para ello.

Casi dos meses de olvido,
en donde tu talle se distanciaba del mío;
en donde tu piel se perdía en otra piel,
intentando apartar así lo anteriormente vivido,
casi negándolo para poder entrar en un nuevo estío.

Yo, siempre hablo; pero tú eres la primera en darle vida a lo que digo.

2 comentarios:

garcía argüez dijo...

el verso final que cierra este poema, Julio, es francamente soberbio. Envidiable. Magistrall.

Kostas H. dijo...

Gracias por tu comentario, aunque no creo que sea para tanto. La verdad, siempre me ha sucedido lo que dicen estos últimos versos: he hablado mucho... y ellas me han tomado la palabra, dándoles tanta vida, o más aún, de lo que les transmitía. C'est la vie.
Un abrazo, Argüez.